“Una histórica aventura de una de las mujeres más influyentes de La Unión en los años 40”

La

cordillera

Y la olga

Es preciso ordenar las ideas, para relatar este episodio de mi vida.

Lo primero que se me viene a la memoria fueron los dos intentos de suicidio de mi caballo,  Conquistador. Pienso en cómo habrá sido su cansancio en ese viaje aventurero en el que me acompañó, que esta bestia joven, de recién 4 años, tuvo el impulso de buscar la muerte, como una mejor opción

Es que viajar a Chaihuín en los inicios de los años 40, no era panorama para nadie. Sin caminos, pocos se hacen andar. Pero éramos jóvenes, queríamos vivir experiencias y queríamos hacerlo juntos, para que después, seguros, dentro de nuestros hogares durante el invierno, pudiésemos recordar nuestras aventuras.

La idea fue mía, hace tiempo que la tenía, pero ese día me atreví a proponérselo a mis amigos. -Vamos a Chaihuin! Hubo un silencio, se miraron entre sí, tosieron, hasta que uno dijo: ¡Vamos a Chaihuín!

Conseguimos un guía, don Pedro de 45 años y sus dos hijos nos acompañaron. Se sumaron mis amigos Julio, Harold, mis tres hermanas y Teófilo Grob, mi gran amigo que tenía en aquel entonces unos 13 años. Él también se entusiasmó con la idea. Pero no sé si le entusiasmó la aventura, o la valentía que exalta los corazones de los hombres cuando una mujer los desafía.

pARTIMOS TEMPRANO, EN LA MADRUGADA.

Adelante iba Pedro con uno de sus hijos, haciendo camino con el machete, no había sendero, sólo el camino en la cabeza de Pedro, que se guiaba por sus recuerdos de 15 años atrás. El bosque tupido, la belleza del entorno, los cantos de los pájaros, la voz de Pedro guiando al grupo, empujándonos a seguir, a seguir que ya veríamos el mar! Pero esa voz, a medida de que avanzábamos, desapareció. 

Hasta que me atreví a preguntarle: ¿Hay algún problema Don Pedro?. – Este…sabe? no estoy seguro si éste es el camino. Es más, creo que estoy perdido! Al escuchar sus palabras y disculpas, sólo veía los coigues, ulmos, laureles y hualles que nos rodeaban, sin norte, sin caminos, sin guía.

Inmediatamente todos mis amigos y mis hermanas comenzaron a interrogar a Pedro, que agobiado, respondía titubeante. Fue así que decidí hablar con los hijos de Pedro, para que me ayudaran a llevar a este grupo asustado a un caserío que habíamos visto camino atrás. Ahí entonces dormimos esa noche.

En ese lugar encontramos a un hombre que decía haber hecho ese camino hace poco tiempo. Le pedimos que sea nuestro guía. A la mañana siguiente seguimos sus pasos y cerca del medio día,  nos dijo: -Yo podría seguir acompañándolos, pero tengo un compromiso, por eso debo volver. En todo caso, detrás de esa lomita, se encontrarán con el mar. Mis hermanas felices, y mis amigos esperanzados con esta noticia, siguieron la marcha livianos. Con una certeza, es más fácil avanzar.

Pero atravesamos monte tras monte y no llegábamos. Fue ahí cuando mi hermana más pequeña, en un claro, se tiró del caballo al suelo y comenzó a llorar: -¿Por qué te hicimos caso? A nadie se le ocurren estas ideas, a tí, a tí se te ocurren Olga! y todos nosotros ahora estamos aquí, perdidos, por tu culpa! 

La levantamos y la convencimos de seguir. La convencimos de que ya estábamos cerca.

Nadie supo de que yo también tenía miedo, que también me sentía responsable de todo lo que estaba pasando, que me imaginaba un porvenir oscuro. No lo supieron porque también pensaba en que todo estaría bien, en que encontraríamos el camino y siempre fueron esos pensamientos los que acompañaron los gestos de mi rostro,  y el ánimo que transmitían el tono de mis palabras de aliento.

Tuvimos que pasar otra noche a la intemperie, esa noche no estaba contemplada en el viaje. La noche fue silenciosa, la desesperanza derrotó al grupo, que se fue a dormir sin hablar. Me reuní con los hijos de don Pedro para aclarar las ideas y ver qué haríamos a la mañana siguiente.

CUANDO ME PREGUNTARON
EN EL AÑO 62,

treinta años después de esta aventura, que si quería acompañar a una comitiva de unioninos a visitar Corral, recordé a mi caballo, a “Coquistador”. Fue inevitable pensar en él, pues la invitación ahora hecha por Teófilo como Alcalde, era justamente partir hacia corral a caballo. 

Pensé en él, porque a la vuelta de ese gran viaje que hicimos, mi caballo intentó suicidarse. Cómo podría yo volver a aventurarme así, después de un viaje tan intenso? ya no era tan jóven.

Es raro pensar en que un animal puede tomar una decisión así, pero la verdad es que nos vimos tan desesperanzados los hombres, que no era difícil entender que un caballo lo sintiera también, y que lo embargara el cansancio y la confusión. El animal sintió todo eso que nosotros también sentíamos, pero él fue decidido hacia la muerte, tirándose de un risco hacia abajo y luego también, desde una pasarela, a las aguas torrentosas del Río Bueno.

Entonces, cuando Teófilo me vuelve a preguntar: ¿Vamos Olga? ¿Te sumas? Pienso en que si sobreviví a ese viaje, y no se me pasó por la cabeza flaquear, como lo hizo mi caballo, fue por los demás, fue por no abandonar a mis amigos. 

treinta años después de esta aventura, que si quería acompañar a una comitiva de unioninos a visitar Corral, recordé a mi caballo, a “Coquistador”. Fue inevitable pensar en él, pues la invitación ahora hecha por Teófilo como Alcalde, era justamente partir hacia corral a caballo. 

LUEGO DE UN VIAJE DE 18 HORAS A CABALLO,

Luego de un viaje de 18 horas a caballo, llegamos a Corral. Los corralinos nos recibieron con gran algarabía,  los niños de la banda que estuvieron esperándonos todo el día, por fin comenzaron a tocar sus instrumentos y marchar junto a nosotros, mientras recorríamos todas las calles de la ciudad, que estaba embanderada de punta a punta. Nos recibieron como la esperanza de Corral, ya que necesitaban del auxilio para ser una comuna conectada con el país.

Hoy, recordando esos momentos, nos veo a Teófilo y a mi, entre esa felicidad popular, y pienso -y puedo confirmar-, que para hacer política es necesario tener un espíritu valiente y decidido. Y entendí que a mis 30 años ya había comenzado mi carrera política y que lo que vivimos 30 años después, sólo vino a confirmar que con convicción, la política puede hacer de lo imposible algo real.

La cordillera

Y la olga

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